El tiempo como música: lectura de Las campanas de la muerte

Hace algunos años llegó a mis manos, enviado desde España, un poemario titulado Las campanas de la muerte, obra del genial poeta José Ramón Muñiz Álvarez. El libro venía acompañado de una inscripción que agradecí profundamente: «Para Miguel Contreras, poeta, esperando sus palabras». Aparte de darle las gracias al poeta, nunca dije nada sobre su obra; no por indiferencia ni descuido, sino porque no supe qué decir ante un poemario tan «inmediato a la perfección».

Hay en Las campanas de la muerte una forma de perfección que paraliza: no porque el libro no admita crítica, sino porque parece sostenerse en una coherencia tan cerrada, en una fidelidad tan constante a sí mismo, que cualquier intento de abordarlo exige, antes que juicio, tiempo. 

Las campanas de la muerte no es un libro de dispersión. Está construido con una clara conciencia de unidad, organizada en tres partes que responden a una arquitectura simbólica precisa: «Los arqueros del alba», con cuarenta y cuatro sonetos; «Los ballesteros de la tarde», con veintiocho; y «Los lanceros del ocaso», que cierra el volumen con doce sonetos. No se trata solo de una división temática, sino un recorrido. Un día entero —alba, tarde, ocaso— convertido en experiencia interior.

Los arqueros del alba: la plenitud del mundo

La primera parte es la más extensa y, en cierto modo, la más fundacional. En ella, el mundo aparece bajo una luz inaugural. Todo está por decirse, todo parece responder a una armonía previa a la herida del tiempo. La naturaleza no es escenario, sino sustancia. Un verso resume con admirable claridad esta poética:

Amor serán los bosques y la sierra.

No hay aquí separación entre sujeto y mundo. El amor no se limita a una experiencia íntima: se proyecta sobre la realidad concreta. El paisaje queda transfigurado, elevado a una condición casi moral. Este gesto —clásico en su raíz— define buena parte del tono del libro: la voluntad de ennoblecer la experiencia a través de la palabra. A esta altura corresponde también una de las imágenes más logradas del conjunto:

El mar alborotado
dejó que, ensortijadas,
corriesen sus espumas,
bajo el color dorado que encendía 
la luz de la alborada silenciosa.

Aquí el poeta alcanza una notable densidad expresiva. La espuma «ensortijada», el dorado que «enciende», la alborada «silenciosa»: todo se organiza en una percepción que no es meramente visual, sino total. Hay ritmo, hay textura, hay luz. No se describe el mundo: se rehace.

Pero esta primera parte no se agota en el soneto. Entre otras estrofas, aparecen la décima y la silva, cuya diversidad formal no rompe la unidad del libro, sino que, al contrario, la matiza. Muestra a un poeta que conoce la tradición y que, dentro de ella, se permite discretas variaciones.

Los ballesteros de la tarde: la memoria y el esfuerzo

La segunda parte introduce una inflexión decisiva. La luz persiste, pero ya no es inocente. La tarde es la hora de la conciencia, del tiempo que se reconoce como pérdida. Es aquí donde aparece uno de los pasajes más intensos del libro:

Las horas navegaban los arroyos
del aire envejecido 
que me hallará forzando 
los remos de una barca hasta encontrarte.

Nos encontramos ante una imagen de gran potencia simbólica. El tiempo navega; el aire envejece; el sujeto rema. Todo es movimiento, pero no un movimiento libre, sino uno que exige esfuerzo e implica desgaste.

La expresión «forzando los remos» introduce una dimensión casi física del recuerdo. La memoria no es contemplación pasiva, sino trabajo, búsqueda. Y es difícil no escuchar aquí un eco de la tradición. Vuelven a mi memoria aquellos versos de Góngora:

Un forzado de Dragut
en la playa de Marbella
se quejaba al ronco son
del remo y de la cadena.

La afinidad es profunda. En ambos casos, el remo deja de ser instrumento para convertirse en destino. En Góngora, es condena; en Muñiz Álvarez, es búsqueda. Pero en ambos late una misma intuición: la del hombre sometido al implacable movimiento del tiempo.

Esta segunda parte es, probablemente, la más intensa desde el punto de vista interior. La elegía se instala como tono dominante, pero lo hace con mesura. No hay desbordamiento, sino contención. El dolor se dice con dignidad, sin perder la compostura del lenguaje.

Los lanceros del ocaso: la serenidad del tránsito

La tercera parte —la más breve— introduce el paisaje marítimo como eje simbólico dominante. El mar, la nave, el puerto. Todo se organiza en torno a la idea del viaje. Pero no se trata de un viaje de descubrimiento, sino de un viaje de aceptación. El poeta ya no busca: comprende. El movimiento no desaparece, sino que cambia de sentido.

Las imágenes marítimas permiten una expansión del espacio poético, pero sin alterar la coherencia tonal del libro. Todo fluye (panta rhei, Héraclito): el agua, el tiempo, la memoria. Y, sin embargo, hay una serenidad que sostiene el discurso.

El hecho de que esta parte final sea más breve —doce sonetos— no es casual. Hay en ello una concentración, una depuración. El libro no concluye con estrépito, sino con un apagamiento gradual, como la luz que se retira en el horizonte.

El sentido de la perfección

Ahora entiendo por qué no supe qué decir durante tanto tiempo. No era solo la perfección formal —que la hay—, sino algo más difícil de nombrar: la coherencia. Este es un libro que no se contradice, que no se dispersa, que se mantiene fiel a su tono desde el primer verso hasta el último.

Las campanas de la muerte no busca deslumbrar, sino permanecer. Su fuerza no está en la ruptura, sino en la continuidad. En una época de excesos, esa fidelidad es, quizá, su mayor virtud. «Amor serán los bosques y la sierra»: en ese verso se cifra una poética. «Las horas navegaban los arroyos…»: en ese otro, la conciencia del tiempo. Entre ambos se despliega el libro entero: como un día que avanza, como una vida que se piensa, como una voz que, sin necesidad de alzarse, consigue quedarse,  esculpida, en la pared de la memoria. 

Hoy, en fin, respondo a aquella dedicatoria. Y puedo decir, sin reservas, que esas campanas no han dejado de sonar. ¿Lo harán algún día?

Miguel Contreras, poeta dominicano.

Scroll al inicio