Por Pablo Bejarano.
Hablar de la antigua Persia, no es lo mismo que hablar de Irán, porque Persia más que un territorio es una época; por eso no fue sorpresivo cuando el gobierno de Reza Shah solicitó el cambio de nombre para el país. Persia fue una época, un tiempo donde los ecosistemas eran mágicos, donde era mágico el hombre y la naturaleza una fuerza suprema, indomable e incompresible para el ser humano. Nadie puedo captar mejor la esencia de ese tiempo que Omar Khayyam, quien a través de sus Rubaiyat nos transmite la magia de su era, a pesar de que fue uno de los hombres más escépticos de su tiempo.
Hablar de Omar Khayyam es hablar de un matemático, astrónomo, creador de calendario, filósofo, poeta y metafísico persa, como demostraremos en este texto. Lo que nos llega de la creación literaria de Omar, son los poemas incluidos en Rubaiyat, nombre que dio el poeta y traductor británico Edward Fitzgerald, y que quiere decir textualmente cuartetos. La crítica en su mayoría coincide en que la mayor parte de estas piezas poéticas sí pertenecen a Khayyam. Acá me permitiré analizar solamente algunos de esos maravillosos poemas.
En su conjunto Rubaiyat gira sobre temas constantes, entre los cuales podemos mencionar la invitación a aprovechar el momento, el ahora que es lo único de lo que podemos tener certeza; a disfrutar sin remordimiento del amor y del vino; a contemplar la naturaleza, principalmente la luna; a cuestionar si existe un ente supremo, y si existe, a cuestionarlo a él; a saber que todo es fugaz y cíclico; a reconocer las limitadas capacidades del humano para comprenderlo todo, y, uno de los temas más maravillosos, a estar conscientes de la ley de conservación de la materia y cuanto ella implica, que es justamente donde queremos enfatizar.
Rubaiyat es un mundo, analizarlo verso a verso nos llevaría infinidad de páginas, porque cada una de sus palabras es la puerta a una era fascinante y también a los misterios del cosmos que desde hace siglos vienen intrigando al hombre; es eso y es también la luna y el vino del persa por los cuales suspira Facundo Cabral; es la esencia de una época pasada, la melancolía que sentimos por ese tiempo en que no estuvimos (o no recordamos con lucidez haber estado), pero en el cual quisiéramos estar. Las letras de Omar Khayyam son acaso el arquetipo de la verdadera poesía, y por su misma grandeza, solo podemos hacer el intento de analizarla de manera parcial y somera, sin atrevernos a aspirar a la comprensión integral de uno de los más grandes poetas de la historia.
Para el presente análisis, tomaremos cuatro poemas de Rubaiyat solamente, con los cuales trataremos de demostrar que tras el aparente materialismo de Omar Khayyam, existe un fuerte sentimiento metafísico. De todos es conocida la ley de conservación de la materia, esa que nos dice que: La materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Y la comprendemos con facilidad al ver en la naturaleza cosas como el ciclo del agua: el glaciar se convierte en río; el río se transforma en nube; la nube en lluvia, la lluvia en mar o laguna, y así todo en el universo. Nos parece de lo más normal y lógico en lo inmediato, en lo que sucede ante nuestros ojos, pero Omar no ve tan solo el hecho físico, ve también el metafísico cuando nos dice:
Vi ayer un alfarero trabajando.
Modelaba los costados y las asas
de un cántaro. El barro amasado eran cráneos
de sultanes y manos de mendigos.
Hablamos de enfoque metafísico, porque si bien el alfarero, el cántaro, el barro, los sultanes y los mendigos son materiales, él no está hablando del hecho físico que tiene frente a sí, ni del hecho físico que fueron los sultanes y mendigos en el pasado, sino de la relación metafísica que existe entre unos y otros, que son lo mismo y a la vez no lo son y están separados por la invisible barrera del tiempo.
Omar no se contenta con saber que el barro que trabajan frente a sus ojos tuvo otra forma, antes de la forma física que ve; Omar profundiza, busca en su intuición cuáles fueron esas formas. No le preocupa que el barro en polvo se vaya a transformar en un cántaro, esa trasformación inmediata no lo sorprende, no le mueve el espíritu. A él le sorprende que ese material con que se fabrica un artefacto tan rudimentario, fue en otro tiempo un ser vivo; le sorprende que esa materia que frente a él se convierte en un artefacto que podría quebrarse sin sentir nada; en otro tiempo formó parte de un organismo que amaba, que sonreía, que lloraba. Y va aún más lejos, porque no piensa en un solo ser, en un solo humano, se da cuenta que en ese cántaro de barro puede estar unido el cráneo de un rey o sultán cuyos pensamientos acaso no le permitían colocar su agua más que en cántaros de plata; y las manos de un esclavo que acaso moldeaba cántaros similares con esas manos que no pudo presentir que alguna vez serían parte de uno. Omar, más que la simple ley de conservación de la materia, ve las paradojas maravillosas que pueden suceder a través de ella y en combinación con el tiempo. ¿De qué sirve –nos hace pensar Omar- crear barreras ideológicas, escalafones sociales, fronteras, prejuicios si al final seremos polvo revuelto en el cántaro del que beberá el ser más pobre o el villano más cruel?
Lo que nos transmite Omar en tan breves líneas, tiene una profundidad suprema. No es sólo que los cráneos de los sultanes estén revueltos con las manos de los mendigos, sino también el hecho de pensar que puede haber un impacto significativo en quien beba agua en él. ¿Hay algún rescoldo de alma de los sultanes y mendigos en ese barro? ¿Puede ese rescoldo de lo que fue, influir en lo que es? No podemos saberlo, y tampoco podemos descartarlo, porque puede ser que yo esté escribiendo estas líneas sobre Omar Khayyam, influido por la hoja en la que escribo y que puede estar formada con la materia que alguna vez formó el cuerpo del célebre poeta persa; puede ser que las escriba porque mis propias manos hablan de Rubaiyat, porque se constituyen de la materia que en el pasado constituyó las manos de Omar…
Es maravilloso pensar en todo lo que pudo ser nuestro cuerpo y todo cuanto fue lo que nos rodea, pero a Omar no le basta pensar en ello, él va más lejos y dice:
¡Oh reciario de corazones: toma
cántaro y un cáliz! Sentémonos a la orilla
de este arroyo. Esbelto adolescente
de luminoso rostro: te miro y adivino
el cántaro y el cáliz que serás un día.
Como podemos ver, Omar no ve solo el hecho inmediato, ve también su relación con el pasado, y ve más, mira su relación con el futuro. ¿Qué seremos, qué será de nuestro cuerpo cuando después de morir nos entierren, nos hagamos uno con la tierra y en esa tierra crezcan árboles y los frutos de esos árboles lleven en sí todo lo que fuimos y lo coman nuevos organismos y lo que fuimos se vuelva parte de ellos? ¿Alguien se detendrá a meditar sobre lo que esa manzana fue en el pasado?, alguien aconsejará a los otros como él al decir: La arcilla dijo al alfarero que la amasaba: / “No olvides que fui como tú / ¡No me maltrates! ¿Qué será de estas hojas en las que escribo sobre Omar? ¿No pueden acaso llegar a ser las manos de un crítico que escriba sobre el texto en que escribo tratando de analizar a Omar?
Como todo místico o filósofo, Omar no puede pasar por alto de dónde viene y a dónde va, aunque eso implique analizarlo desde lo material. Pero, como hemos dicho, también analiza lo inmaterial; en este caso el sentido de la vida al decir:
¿Cuándo nací? ¿Cuándo moriré?
Nadie recuerda el día de su nacimiento
ni es capaz de prever el de su muerte.
Podemos saber la fecha en que nacimos, pero no podemos recordar nada de ella. Podemos saber la fecha en que estamos al momento de morir, pero no tener la certeza, aún en el último estertor, de si moriremos ese día o al día siguiente. Pero el hecho de que no recordemos o sepamos nada de ambos momentos, no quiere decir bajo ningún punto de vista que antes del nacimiento y después de la muerte no existíamos ni existiremos. ¿En qué momento nos quedamos dormidos? ¿Qué fue exactamente lo que soñamos? No podemos decirlo con certeza, pero existimos durante ese tiempo, sin lugar a dudas. En el fondo Omar lo sabe, sabe que él, siendo científico, entendiendo en gran medida el funcionamiento de lo material, jamás podrá comprender lo inmaterial, lo metafísico, por eso dice: Quiero olvidar en la embriaguez el dolor de nuestra ignorancia.
En otro de sus maravillosos poemas, nos deja entrever que lo inmaterial es preferible a lo material, aun cuando lo inmaterial signifique pertenecer a la nada, signifique no ser. Veamos lo que dice el poeta:
La vida no es más que un juego monótono
en el que sólo tienes la certeza
de obtener dos premios: el dolor y la muerte.
¡Feliz el niño que murió al nacer!
¡Más feliz aún el que no nació!
En estas líneas Omar entiende la vida como un castigo, a la manera en que la entienden en el Mahabharata. En la vida el dolor, la apatía, lo monótono parece lo constante, y los placeres y la felicidad, lo ocasional y efímero. Es mejor ser el hombre más desgraciado que estar muerto, nos insinúa Dostoievski. Khayyam dice que estar muerto, que no ser, que no existir es mucho mejor a estar en este plano existencial de dolor y sufrimiento. Tal vez lo sea, si hay una vida espiritual a parte de esta vida física; ¿y por qué no? También si no hay nada, porque al no ser, no podemos sentir nada ni siquiera nostalgia por esto que llamamos vida.
Estos son apenas dos temas de la infinidad que aborda el poeta persa. Los temas son los de siempre, los que han acompañado a la humanidad desde que tiene raciocinio, pero el marco, el fondo es la Persia de hace mil años que de alguna mágica forma Omar transmite a través de sus letras. Lo que dijo pudo haberlo dicho un griego, un maya, un chino, pero gracias a su genialidad y estilo sabemos que lo dijo un persa hace mil años, aunque siga diciéndolo esta noche.
| Pablo Bejarano es un poeta guatemalteco reconocido por el rigor y la disciplina con que cultiva la poesía clásica. Su obra incluye poemas de aliento épico, como «Peregrinaje», y su Sonetario, libro en el que explora setenta y cinco formas distintas de escribir el soneto. Considerado una de las voces más destacadas de la poesía guatemalteca de su generación, Bejarano sobresale por su profundo dominio de la métrica española y por su capacidad de renovar la tradición clásica con frescura y modernidad. |
