La originalidad en la escritura: principal característica del buen estilo

Por Miguel Contreras

«Nihil novum sub sole», dijo Salomón. Nada hay nuevo debajo del sol. Muchos siglos después, Goethe afirmó que hay que ser, cuando menos, tontos para creer que podemos pensar algo que otro no haya pensado antes. José Martí fue más generoso y nos dijo que «todo está dicho, pero las cosas siempre que son sinceras son nuevas». ¡Menos mal! Y Rubén Darío lo confirmó: «Ser sincero es ser potente; / de desnuda que está, brilla la estrella».

Las posturas parecen opuestas, pero no lo son. El nihil novum no debe servirnos de pretexto para dormirnos en los lugares comunes. Pero tampoco debemos lanzarnos a una cacería absurda de la originalidad absoluta hasta sacrificar la belleza, la sencillez y la claridad. Hay escritores que consiguen ser «originales» solo a fuerza de escribir estupideces que a nadie más se le ocurrirían. Pero la originalidad es otra cosa.

Debemos aspirar, por lo menos, a no parecernos a nadie. Solo existe una manera de conseguirlo: siendo nosotros mismos. Porque, como escribió Kempis, «somos lo que somos». Pretender ser otro es ir contra la propia naturaleza.

Por eso, la verdadera originalidad aparece casi sin proponérselo. Oscar Wilde lo expresó con exactitud: «Sé tú mismo. Los demás puestos están ocupados». Solo podemos ser originales desde aquello que somos. Cuando abandonamos nuestra propia voz para adoptar una ajena, dejamos de crear y comenzamos a imitar. Los espíritus elevados prefieren ser la peor versión de sí mismos antes que la mejor versión de otro.

Creo, incluso, que ser original debería ser más fácil que no serlo. Sin embargo, casi nadie se atreve. Siempre hay alguien a quien queremos parecernos. De ahí que, muchas veces, la falta de originalidad sea, en el fondo, falta de identidad. Quien no se conoce busca una voz prestada; quien se conoce tiene mayores posibilidades de encontrar la propia.

De eso trata, precisamente, la Oda de un yo, de Ricardo Pérez Alfonseca. El poema no disimula su propósito, pues constituye una defensa abierta de la individualidad creadora. Escuchemos:

—¿Cómo hacer para ser original, cual lo eres?
—Ser como eres, y solamente como eres.

Natural en los hombres es el ser diferentes
(las hojas de un mismo árbol son todas diferentes)

y lo contranatura es querer ser iguales:
tan sólo en apariencia son los hombres iguales.

Y eso es la diferencia: originalidad.
¿Por qué negar, entonces, la originalidad?

No imites: no eres simio; origina: eres hombre;
el Poeta no es nunca el hombre, sino un hombre.

Aquí el poeta plantea una idea elemental y, al mismo tiempo, decisiva. La originalidad no se fabrica; nace de la singularidad del individuo. Ser diferente es lo natural. Por eso, la oposición entre «el hombre» y «un hombre» resulta particularmente significativa. El poeta verdadero no es una abstracción ni un modelo repetible, sino una persona concreta, singular e irrepetible.

Luego refuerza esta idea:

Nunca insultes ni imites a las obras ilustres
si quieres que tus obras también sean ilustres.

La paradoja es clara. Imitar a los grandes no nos hace grandes. La admiración puede alimentar la creación; la imitación, en cambio, termina anulando aquello que podría distinguirnos.

Y continúa:

Que tu psiquis no sea depósito de libros
sino una pira donde ardan todos los libros,

a fin de que así leas aquel que es el más sabio:
el libro de ti mismo, que es el único sabio.

No se trata, por supuesto, de rechazar las lecturas, sino de asimilarlas. Los libros no deben permanecer en nosotros como materiales inertes, sino pasar por el fuego de la experiencia, del pensamiento y de la sensibilidad propios. Leer mucho no basta. Hay que transformar lo leído hasta que deje de ser una influencia visible y se convierta en sustancia personal.

Más adelante afirma:

Mas, de todos los ritmos, el mejor es el tuyo.
El mejor, para ti, tiene que ser el tuyo:

de todos los poemas, es mejor mi poema,
para mí; para ti, debe ser tu poema.

La afirmación traslada el problema de la originalidad al terreno mismo de la forma. No existe una voz ajena que pueda sustituir la propia. El escritor debe encontrar su ritmo, su manera de organizar el lenguaje, su particular respiración.

Y cierra:

Procura no perder la confianza en tu genio,
sobrepasar, no a los demás, sino a tu genio.

Sé el primero que adopte las últimas verdades.
Y el último que olvide las antiguas verdades.

La verdadera competencia, entonces, no es con los otros, sino con uno mismo. Se trata de superar lo que ya hemos sido capaces de hacer sin convertir la obra ajena en medida absoluta de la nuestra.

Tremendo. Desde esta perspectiva, no ser original resulta casi antinatural. La imitación es el contagio de la mediocridad. Quien renuncia sistemáticamente a su propia voz deja de ser creador para convertirse en eco.

La originalidad es la primera cualidad del buen estilo. No consiste necesariamente en decir algo que jamás haya sido dicho, sino en encontrar una manera propia de decirlo. Se manifiesta en el empleo de palabras naturales, precisas y expresivas, y en la capacidad de caracterizar un matiz, una emoción o un pensamiento con una formulación que lleve la huella de quien escribe. Exige sencillez, nitidez, relieve y fuerza.

Es lo opuesto a la vulgaridad, a la frase hecha, al cliché y al estilo insustancial, ese que puede estar construido con palabras perfectamente correctas y, sin embargo, carecer de nervio, personalidad y sinceridad. La originalidad reside, ante todo, en la manera de expresar las ideas. Muchas veces no está en qué se dice, sino en cómo se dice.

Surge cuando el escritor vierte en lo escrito su experiencia, su sensibilidad y su particular manera de comprender el mundo; cuando consigue abordar incluso un tema manoseado de un modo nuevo, sincero y sin artificio. El asunto puede ser antiguo; la expresión, en cambio, puede ser nueva. Como escribió W. Kayser, «si toda adaptación de un asunto hubiera de considerarse plagio, no habría un solo poeta libre de este crimen».

Ahí está la cuestión. Todo está dicho, pero no todo está dicho así.

¿Cómo se alcanza, entonces, la originalidad? Vuelvo a Pérez Alfonseca. Siendo como uno es, y solamente como uno es. Leyendo, sí; aprendiendo de quienes nos precedieron, también; pero sometiendo esas influencias a nuestra propia inteligencia, experiencia y sensibilidad. No se trata de escribir sin antecedentes —eso sería imposible—, sino de conseguir que, al pasar por nosotros, lo heredado adquiera una forma nueva.

Esa es la única originalidad posible, la que nace de ser uno mismo hasta las últimas consecuencias. Sin ella, no hay estilo. Solo hay eco.

 

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