Sobre «El arco y la lira» de Octavio Paz

Sobre «El arco y la lira» de Octavio PazPor Pablo Bejarano

Leer El arco y la lira del Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, nos hace reafirmar algunas convicciones que tenemos sobre la poesía, pero también replantearnos otras. Pretender un análisis integral de ese ensayo tan amplio y lúcido, como todos los del escritor mexicano, sería tarea ardua y acaso imposible. Por ello, hablaré en este texto sobre aquellas ideas con las cuales comulgo y aquellas con las que acaso estoy en desacuerdo. Desde luego, no pretendo decir que él no tiene la razón en algunas de sus afirmaciones, y tampoco cometer argumentum ad verecundiam respaldando mis ideas en las suyas. Solo busco dejar constancia de cuanto pensé mientras lo leía.

En la primera parte del libro, para ser exactos, en Poesía y poema, podemos encontrar condensados la mayoría de temas que abordará a lo largo del ensayo. Entre ellos uno que llama poderosamente mi atención: ¿Cuál es la diferencia entre poema y poesía? En ello coincido con Octavio Paz: No son lo mismo. El Nobel mexicano nos dice: No toda obra construida bajo las leyes del metro contiene poesía. Nada más cierto que eso; luego afirma: Un soneto no es un poema, sino una forma literaria, excepto cuando ese mecanismo retórico —estrofas, metros y rimas— ha sido tocado por la poesía. Y finaliza las ideas eje del capítulo al sentenciar que: El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre. A partir de estos tres extractos, podemos iniciar nuestro análisis.

Cierto es que un esquema estrófico por sí solo no es poesía, sin embargo, esta afirmación, puede convertirse con facilidad en una falacia: Si un esquema métrico no es poesía, entonces un esquema no métrico sí lo es, dirán aquellos que son partidarios del verso libre. En realidad, no es así. Ni los esquemas métricos ni el verso libre por sí solos son poesía. En este sentido se equivocan quienes piensan que basta decir no a la métrica para alcanzar el hecho poético. Esto es mucho más profundo. Es decir, y siguiendo la secuencia de pensamiento de Octavio Paz, que, así como el soneto no es poema, sino hasta el momento de ser tocado por la poesía; tampoco lo es el verso libre, si el autor no consigue unir en su escrito la esencia del hombre y el hecho poético.

Octavio Paz va más allá de la clasificación. Nosotros tenemos dos categorías: poema y poesía: el poema lo tomamos como forma literaria y la poesía como la belleza sublime, difícil de conceptualizar. Paz los clasifica en tres y entiende otra cosa por poema, como ya hemos visto. Para él están las formas literarias, que son todo aquello relativo a la técnica; la poesía como ese hecho numinoso y sublime que está más allá de las conceptualizaciones; y el poema, donde el hombre, a través de una manifestación, se encuentra con la poesía. Es decir, para él, poema es lo que nosotros a veces entendemos por poesía (la poesía ya manifestada); las formas literarias son algo básico y rudimentario (como en efecto lo son) y poesía pasa a ser algo completamente sublime, no clasificable en términos literarios.

Por ello en El arco y la lira reciben clasificación de poema, los poemas líricos, las epopeyas, la dramaturgia, las fábulas, los cuentos, e incluso, las novelas y las artes no literarias como la pintura y la música, siempre que sean un punto de encuentro entre el alma humana y la poesía (vuelve al concepto griego). ¿Pero cómo identifica Octavio Paz ese punto? Él lo analiza desde cinco perspectivas: el lenguaje, el ritmo, el verso, la prosa y la imagen. En este texto nos adentraremos solo en los primeros dos y en el último, para no redundar en ciertas ideas que iremos comentando a lo largo del texto.

Octavio Paz nos dice que la poesía no puede transmitirse en el lenguaje, pero que es solo a través del lenguaje como podemos encontrarla en el poema. Aunque esto parece contradictorio, conforme vamos avanzando en sus meditaciones, confirmamos que cuanto dice es completamente lúcido. El lenguaje es poesía cuando deja de ser lenguaje, pero a la vez, cuando vuelve a serlo y cuando se reinventa. Tal vez podamos dilucidarlo más con esta frase del libro: «Esto es cierto hasta en el sentido más superficial de la frase: Vuelta al significado etimológico del vocablo y, asimismo, enriquecimiento de los idiomas. Gran número de voces que ahora nos parecen comunes y corrientes son invenciones. Puede ser confuso cuanto se viene diciendo sobre este tema, e incluso es posible que la cita a Paz no lo esclarezca, por ello trataré de compartir lo que creo entender.

Quiero suponer que no solo yo he tenido la sensación cuando escribo de que me estorba el lenguaje. Es decir, a mi conciencia llega una idea para un ensayo, cuento o poema y puedo percibirla pulcra, exacta, detallada y sin excesos, sin embargo, cuando empiezo a transcribirla, durante el proceso de materialización o manifestación, empiezan a sobrarme palabras, a llegar vocablos que no son los idóneos para decir lo intuido por la mente, y a aparecer construcciones sintácticas que deforman la perfección de la idea original. La poesía no manifestada, al manifestarse, se contamina de lenguaje. Considero que a ello se refiere Octavio Paz cuando afirma que el lenguaje es una barrera para llegar al poema. Esa barrera la he sentido principalmente cuando escribo prosa; en mi caso, me sobran menos palabras al practicar el verso. Pero ¿qué sucede cuando escribimos como en un aguacero, de forma ininterrumpida y constante, y sentimos caer las palabras con gran exactitud cual si fueran los bloques de granito acomodándose en la perfección de la gran pirámide? Es ahí cuando sucede lo anunciado por Paz. El lenguaje deja de ser lenguaje y pasa a ser un vehículo o un depositario donde el hombre consigue transmitir o colocar la poesía. Por ello las palabras alcanzan ese estado onírico donde tienen un solo significado a la vez que tienen muchos. No yuxtapuestos, fusionados. Deja de ser lenguaje por ello, y vuelve por ello a serlo, porque, como en el principio de los tiempos, no transmite ideas estructuradas de manera compleja, sino sensaciones, colores, aromas e imágenes poéticas con magnífica economía verbal. Esa economía, ya racionalizada, transforma los idiomas, que es otro de los requisitos impuestos al poema por el Nobel mexicano. El Quijote es acaso el mejor ejemplo de ese fenómeno: un gran libro donde el idioma sirvió para depositar el universo visto por Cervantes en pocos segundos, y cuya economía de palabras, que lo vuelve poesía, hizo salir al castellano de los excesos verbales que sufría durante el Medievo, transformándolo para siempre.

Otro elemento principal analizado en el libro es el ritmo. El autor tiene su análisis propio sobre él, pero igual que con los esquemas métricos, las personas sacan sus conclusiones atendiendo de manera parcial las afirmaciones de Paz. Por ejemplo, para él, no son lo mismo ritmo que medida o conteo silábico, sin embargo, el hecho de que el ritmo no sea la métrica, no quiere decir que la métrica no tenga ritmo, como pueden llegar a afirmar algunos. Este capítulo tiene, a mi parecer, cuatro ideas principales: El ritmo no es la medida; la métrica es la emulación del ritmo primordial; el verso libre carece de métrica, pero no de ritmo; y la métrica tal vez sea caduca en otros idiomas, pero no en el español.

Cuando se dice que el ritmo no es la medida, se hace referencia a su origen; el ritmo no nace por un número exacto de sílabas en un verso, sino del tiempo original (dividido en porciones homogéneas); del ir hacia un algo indefinido; y de la visión del mundo, entre otras cosas. Es decir, el ritmo está en la creación, está en ella y en todo lo que de ella surge. ¿Cómo llega entonces a la poesía? Es ahí, donde según Octavio Paz, entra la métrica. La medida con su conteo silábico y distribución estructurada de sílabas átonas y tónicas, es un intento del hombre por emular o capturar ese ritmo original, pero dentro del lenguaje; por ello dice: La medida no es tiempo sino manera de calcularlo. Es decir, la métrica no es el ritmo, pero es la manera en que éste se puede representar en el poema. Según el ritmo a imitar, si es de tristeza o de alegría, será la distribución de acentos; por ello no es lo mismo el verso usado para escribir elegías que el utilizado para componer himnos.

Si el ritmo de los versos métricos no está precisamente en la medida, sino en la distribución acentual que existe en ellos, cuando escribimos verso libre podemos prescindir entonces del conteo silábico, pero no de los golpes sonoros que nos dan el ritmo. Por ello Octavio Paz habla del verso libre como de una empresa difícil. Hoy se cree que éste es una secuencia de líneas aleatorias sin ninguna estructura, en las cuales se separan por la fuerza, incluso, los sirremas. Pero él nos sugiere algo distinto: El verso libre, puede que no sea una secuencia de unidades métricas con cantidades rígidas de sílabas, pero sí es una secuencia de frases indivisibles, donde cada una de ellas es a la vez verso, ritmo e imagen poética. Para Octavio Paz, entonces, en el verso libre, cada “línea” debe tener una distribución de acentos que la dote de ritmo, debe ser una frase íntegra y decir algo de manera individual a la vez que lo dice dentro del conjunto poético. Todo ello aplicable a todos los idiomas del mundo.

No obstante, respecto a la no vigencia de la métrica y el verso libre como única alternativa, Paz sugiere que aplica para idiomas como el inglés o el francés. En el español, nos dice, la métrica continúa siendo válida: Por lo que toca al español, vale la pena repetir que el apogeo de la versificación rítmica, consecuencia de la reforma llevada a cabo por los poetas hispanoamericanos, en realidad es una vuelta al verso español tradicional. El español está hecho para el canto, nos dice; por ello, cuando creemos que ciertos metros ya no están vigentes, el camino no es abandonar la métrica, sino reformarla para volver a encontrar el ritmo que corresponde a nuestro idioma. No es raro que refranes y dichos, nacidos del pueblo en nuestro idioma, surjan de manera espontánea y compuestos en octosílabos o endecasílabos por personas no versadas en la métrica, porque esos metros no son un artefacto inventado, sino parte del ritmo original del idioma español. En otro texto, Octavio Paz alude que el endecasílabo español surge del ritmo de nuestra respiración al hablar… La métrica, o por lo menos el ritmo acentual, es pues parte esencial del verso libre, aunque suene contradictorio.

Pero cuanto venimos hablando, para el escritor mexicano, no es otra cosa que parte de los atributos de la imagen poética. Solo a través de las imágenes poéticas podemos llegar al poema, punto de encuentro entre el hombre y la poesía. Para alcanzarla debemos cumplir con tres cosas: Lenguaje poético (con las características vistas con anterioridad); ritmo (tal como se expone párrafos arriba) y lograr lo que, en la segunda parte del libro, nuestro autor llama: salto mortal hacia la otra orilla; por eso dice: Toda imagen acerca o acopla realidades opuestas, indiferentes o alejadas entre sí. Esto es, someter a unidad la pluralidad de lo real. ¿Qué es, entonces, dar el salto mortal, llegar a la otra orilla, acoplar realidades opuestas, y someter a unidad la pluralidad?

Podemos comprender como “salto mortal” la facultad de ciertas frases para decir lo inesperado; algo que no podíamos sospechar al iniciar la lectura en esta realidad, pero que, al finalizarla, nos sorprende y transporta a otra dimensión. Esa dimensión, es la “otra orilla”, y la otra orilla, no es más que el alma inmortal invitándonos a salir del cuerpo, para volver a gozar de la plenitud, de lo eterno y lo sublime, según revela páginas adelante Octavio Paz al hablar de la inspiración. Cuando la imagen poética logra llegar, a través de un salto mortal, a esa otra orilla, es decir a ese mundo exento de materia, el poema accede a lo sublime y adquiere sus mismos atributos. Por ello se acoplan los opuestos y lo plural se hace unidad, porque llegamos a un estado libre de materia donde todo es lo mismo, al tiempo que todo es distinto. Algo parecido al Aleph de Borges, o a la forma en que Dios ve al unísono pasado, presente y futuro, según sugiere el célebre autor argentino. Todo cuanto venimos hablando desde el principio del ensayo, cabe, por ejemplo, en una frase de cinco palabras, si esa frase alcanza el estado de puente entre el hombre y la poesía…

Esto es solo el pináculo de lo que entiende Octavio Paz por poesía, y basta con ello para tener la certeza de que, sin importar la forma elegida, alcanzar algo digno de llamarse poema es difícil. Al finalizar mi lectura de ese deslumbrante ensayo me hice la pregunta: ¿Alcanzó Octavio Paz en sus poemas los criterios establecidos en su ensayo? En busca de responderla, me di a la tarea de leer parte de su obra y creo que lo consiguió muchas veces, sobre todo en La calle, poema que transcribo a continuación:

Es una calle larga y silenciosa.

Ando en tinieblas y tropiezo y caigo

y me levanto y piso con pies ciegos

las piedras mudas y las hojas secas

y alguien detrás de mí también las pisa:

si me detengo, se detiene;

si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.

Todo está oscuro y sin salida,

y doy vueltas y vueltas en esquinas

que dan siempre a la calle

donde nadie me espera ni me sigue,

donde yo sigo a un hombre que tropieza

y se levanta y dice al verme: nadie.

Tal y como él lo dice, la métrica en la poesía en español continúa estando vigente, por ello de los trece versos del poema, diez son endecasílabos (propios e impropios) dos eneasílabos que, por el acento rítmico en la sílaba cuarta y el estrófico en la octava, combinan a la perfección con los versos de once sílabas, y solo uno heptasílabo, que combina gracias al acento estrófico de la sexta sílaba; todo ello, sin parecer un poema del siglo de oro español. La parte de la forma no acaba ahí, cada verso es en sí mismo una oración, no corta abruptamente una idea ni separa elementos sintácticos por la fuerza: En una calle larga y silenciosa, es una unidad de ritmo, un verso, una oración, una descripción y un contexto al unísono. Así sucede con todos, o por lo menos, la mayoría de los versos. Las palabras también adquieren múltiples significados por momentos, haciéndonos sentir que dicen una cosa mientras dicen otra y otra y otra: Piso con pies ciegos / las piedras mudas; en siete palabras nos transmite cosas que podríamos analizar de diversas formas. También en el conjunto del poema percibimos que cada palabra y cada signo de puntuación son imprescindibles.

Pero lo que más me impresionó de ese poema es su carácter de síntesis respecto al ensayo. Como hemos comentado, para Octavio Paz, la imagen poética tiene entre sus características principales el salto mortal hacia la otra orilla, y la otra orilla, es nuestra alma inmortal llamándonos desde otra dimensión; por lo cual, el poema representa el proceso de perseguir la inspiración, que es perseguirnos a nosotros mismos. Los primeros cuatro versos hablan de Octavio Paz dubitativo, en busca del camino para alcanzar la inspiración. En los siguientes tres versos siente que alguien lo persigue, como si él fuera el destino para ese alguien dubitativo que anda en busca del camino para alcanzar la inspiración, y entonces nos percatamos que se trata del mismo Octavio Paz… Reafirmando con el poema su idea: La inspiración es una constante búsqueda de algo… y ese algo somos nosotros mismos… Solo en nuestra más auténtica esencia vamos a encontrar la poesía. Solo siendo nosotros mismos podremos escribir el poema.

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